domingo, 1 de diciembre de 1996

Huele a Fucho

La sentencia emerge categórica en una encrucijada de aguas negras de las que abundan en Boca del Río: Huele a Fucho, estrategia multimedia que no deja de convocar una sonrisa por su efectividad significante. Macanao (o por lo menos parte de ella) sentencia la gestión del Gobernador, con lo que tiene: abandono, cierta indiferencia y, quizás, resignación. Huele a Fucho. El pueblo está tan sucio como siempre y el precio de la comida no se compara ni por lo mínimo a los precios de Caracas. Y no hay agua, porque todo viene de tierra firme. En ferry.

Un poco más acá, en Punta de Piedras, la vergüenza del terminal de ferries, el vestíbulo de la Perla del Caribe: un atracadero pestilente, animado por buhoneros y atestado de vehículos hirviendo en eterna espera. Bajo el sol se igualan, como en la fiesta de Joan Manuel Serrat, señores y camioneros, marginales y turistas, pulidas Blazers y ruidosos chutos tres-cincuenta. Más gente resignada, porque el ferry de Fucho no termina de llegar.

De súbito, un operativo, un plan de contingencia: corren rumores (por una suerte de reduplicación milagrosa, a cada instante, todo evento que tiene lugar en nuestro suelo, inaugura una versión en miniatura del país completo): Hay, como habrán sabido - y ya olvidado - los señores pasajeros, el espectro de lo que fuera un ferry encallado en Puerto la Cruz. (Gracias a la Virgen del Valle - exclusivamente - el buque homónimo no es, asimismo descanso de cenizas de varios centenares de excursionistas ingenuos como uno). El otro ferry que estaba en la mar, botó la vaina esa, atestigua el empleado de Conferry. Hay que esperar.

Por fin arriba el Santa Margarita, maravilla tecnológica, terror de los pescadores de Boca del Río que temen el pequeño maremoto con el que tres veces al día el ferry maravilloso ahuyenta los cardúmenes En las colas se propaga la noticia: los que tienen reservación se van sin costo adicional alguno en el nuevo Ferry de Fucho. Alegría. Nueva espera. Y sudores. Y al fin la recompensa: los marginados por la empresa ahora son beneficiarios de la caridad corporativa: yo no sé de qué se quejan, apunta la señora masoquista omni-comprensiva.

Margarita queda atrás. Tan sólo, acaso, el disgusto de algunos de los pasajeros que pagaron su pasaje comme il faut y ahora algunos se descubren con derecho a sánduche y Cocacola (no Pepsicola, ojo) y un bastante más pendejos que los demás, por haber pagado el triple por el mismo pasaje que usufructúan los marginales a la fuerza.

Una película, cuyo temática ha sido escogida sabiamente para los gustos de los segmentos A y B nos distrae, cuando no es torpemente interrumpida por la voz de una linda anfitriona disfrazada de aeromoza, cuya dicción pretende cubrir las fallas de unas instrucciones de desembarco irresponsablemente inconclusas.

Margarita queda atrás, da lo mismo. Allá Fucho.

Ingresa uno al Paseo Colón, residencia de vehículos recalentados, transitado de puticas inflacionarias, tostadas al sol, surcado de aguas negras que se cocinan desde la prehistoria del Viernes Negro. Transpone los buhoneros, sortea los posibles asaltantes, se enfila hacia la capital.

En el trayecto, apenas algunos desvíos no señalados por cartel alguno que, a no ser por esa particular habilidad semiótica que desarrollamos tan temprano en el manejo de la comunicación terrestre, harían que el pobre carro de uno se precipitara en cualquier momento al mar Caribe, lo separan de la ciudad querida. Una improvisada alcabala donde cuatro funcionarios de la Guardia Nacional - integrantes de ese mismo cuerpo que, como comienza a decir la radio, garantiza el orden de nuestras instituciones penitenciarias - exige documentos. Los guardias esculcan, suponen, esgrimen y terminan aceptando regalitos conciliatorios. No hay más tropiezos.


Por fin La Sultana de los techos rojos, postillón. Caracas, inundada por los cuatro costados, derrumbada en toda su extensión, imposible de ser atravesada por mortal alguno, nos aguarda en su lenta digestión de automóviles recalentados. Eludimos la Carretera Panamericana, sorteamos con éxito la custodia de la Guardia Nacional de La Mariposa y entramos en la garganta de San Antonio, ciudad dormitorio, guarecida de los estertores del monstruo. Un recodo de la carretera de Las Polonias, tradicionalmente convertido en botadero de basura (que incluye los cuerpos en descomposición de dos malogrados pastores alemanes), nos anuncia que el Alcalde del Municipio Carrizal no trabaja. Nuestro apartamento nos espera. Hay, arrumada, una decena de periódicos. Los titulares. Los sucesos de la Planta. Del Consejo Supremo Electoral. Las declaraciones, las actuaciones, las actividades, los pronunciamientos. Tienen razón los amigos de Boca del Río. Huele a Fucho. El país entero.



Publicado en Exceso, Diciembre 1996 / Enero 1997.