miércoles, 5 de julio de 2006

Dos tipos de mente



Siempre he creído que el género humano cuenta con dos estilos de pensamiento. Lo que muchos ven como la dicotomía entre “la brutalidad” y “la inteligencia”, a mí me parece que no es otra cosa que la oposición entre dos modalidades de organización mental: entre la “mente de contenido” y la “mente estruc-tural”, para llamarlas de algún modo.

Lo que llamo la “mente de contenido” piensa el mundo como el producto de una acumulación de atributos inconexos: procede según la pretendida obviedad de las palabras (cuyo sentido, en la realidad,  nunca es obvio) y cree que las cosas tienen significado en sí mismas (más aún, busca siempre el significado e ignora el sentido). La “mente de contenido” ve el significado como algo preestablecido que cree poder descubrir en un simple acto de interpretación. Para quienes tienen este estilo de pensamiento, los objetos del mundo han sido previamente etiquetados: son objetos buenos o malos, aburridos o chistosos (por eso la “mente de contenido” rara vez ejercita el sentido del humor: su humorada se agota en la burla del contenido). Y cuando “la mente de contenido” aplica su lógica sobre los objetos del mundo, rara vez el todo le resulta mayor que la suma de las partes.

La mente estructural, por su lado, construye constantemente el sentido desde la inquietud: rara vez procede literalmente, porque cree que detrás del significado “literal” de las palabras se oculta siempre otro significado, y detrás de ese significado otro, hasta el infinito.  Es la mente que mira de soslayo, que interroga el contexto y, que entiende al todo como estructura y al contenido como uno de sus efectos. La “mente de contenido” es a “la mente estructural”,  como la descripción es a la acción, como el inventario al análisis, como lo obvio a lo obtuso.


Todo esto me viene porque no encuentro otra manera de explicarme  a mí mismo la distancia que hay entre los razonamientos de personas que, requeridas por el mismo ejercicio intelectual (en tanto creadores, en el papel de analistas o como simples seres humanos urgidos por la necesidad de entender), miran al mundo desde extremos tan disímiles.  Lo que digo, además, poco tiene que ver con la cultura o con la inteligencia: existen individuos inteligentísimos que son incapaces de entender un chiste (ingenieros, o militares de alta graduación, o semióticos de primera línea), como hay mentes estructurales, poco cultivadas y hasta poco inteligentes, que son capaces de captar sutilezas relacionales que se le escapan a sus congéneres. Acaso “contenidistas” y estructurales forman parte de la diversidad y los dos tipos de pensamiento se complementan. A pesar de que, desde mi mente estructural, no soporto el pensamiento “contenidista”. Qué le vamos a ser si no somos iguales.

domingo, 26 de marzo de 2006

Siete mil años de porno

Hay una historia paralela de nosotros los seres humanos, a veces vergonzante, a veces festiva y exhibicionista,  que nos muestra extasiados frente al imperio de nuestras propias pulsiones. La historia es larga y uno de los  registros  visuales más vistosos  que de ella se conserva data de unos siete mil años: homúnculos de falos gigantes, criaturas  mitad hombre, mitad bestia, que,  pintados sobre piedra por los primitivos de una tribu sahariana, copulan con sus hembras. La muestra, sin embargo,  apenas tienen el mérito de recalcar una obsesión que nació con el hombre (hay representaciones del coito humano en las paredes de la gruta de Combarelles, en Francia, de unos cuarenta mil años de edad) y se extiende hacia el confín de los tiempos por venir. Cambiará el soporte de la imagen una y otra vez: piedra, papel, lienzos, papel de fotografía, acetato, cintas magnéticas,  pantallas, holografías. Pero lo que no se agotará jamás es esa inquisición en lo obvio, esa fascinación por lo sabido, ese regodeo en el plus de la actividad reproductiva, que sirve de sustrato a eso que algunos llaman erotismo y otros, pornografía.


Hacer la crónica de ese registro es atravesar la historia de las artes visuales (a veces de soslayo, otras veces medularmente): Egipto, Grecia, el Medioevo y el Renacimiento, la Revolución Francesa, los períodos del Romanticismo, del Art Noveau, de las vanguardias y la plena modernidad,  han exhibido (o intentado ocultar) el afán del hombre por consagrarse a la representación sin ambages de su actividad sexual.  Miles, millones de imágenes han ido edificando esa crónica de la intrincada relación del ser humano con su sexualidad. Muchas de ellas, pueden ser adjudicadas a famosos: Caracci,  Fragonard, Rowladson,   Toulouse-Lautrec, Beardsley, Utamaro, Picasso, Grosz, Ungerer. Las más, son el producto anónimo de miles de manos que han dedicado a pintar, a esculpir, a grabar las imágenes eternas y cambiantes de un ejercicio siempre nuevo y siempre el mismo. Hasta que la fotografía, primero,  y luego el cine,  vinieron a darle nuevos bríos a la pasión por la exhibición de la sexualidad y de todos sus alrededores.

En el caso del cine se trataba de una situación natural o -por decirlo técnicamente- estructural. El cine –ya lo han dicho algunos teóricos, como el muy célebre Christian Metz- es el arte del fisgoneo por naturaleza: todo espectador es un mirón empedernido, así sea nada más por ver a un grupo de pasajeros en el acto de descender de un tren. Además –dice Metz-está la sala oscura y esa exquisita sensación de que todo lo que acontece en ella sucede solamente para uno. “Cinco minutos después de que se inventara el cine, ya una mujer posaba desnuda frente a la cámara”, dice el productor David Friedman, un pornógrafo que,  con su cinismo,  muchas veces atina a decir verdades profundas. Y aunque eso no sea quizá literalmente cierto,  la verdad es que ya en 1896 el catálogo del empresario Charles Pathé ofrecía cortos eróticos de la señorita Louise Willy (con todo lo erótico que para los espectadores de la época era convertirse en voyer de una señorita en camisón). A partir de allí, y hasta hoy, con el cambio de paradigma que han planteado  la digitalización y las computadoras, la historia es larga. Por un lado está la vertiente del llamado cine erótico, incontaminada de la visión explícita y afianzada en el recurso de lo “sugerido”. En esta vertiente se inscribe el cine que habla de todo menos de sexo, pero que se reserva situaciones amorosas,  un momento privilegiado  para que la actriz o el actor dejen fluir su sexualidad. Es el cine de las grandes estrellas erotizadas; Marilyn Monroe, Marlene Dietrich, Marlon Brando, Sharon Stone, Bradd Pitt, Antonio Banderas.  De esta vertiente es también el llamado cine softcore,  que desarrolla temáticas extensas referidas al amor carnal. Es el cine a lo 9 semanas y medias (Adrian Lyne, 1986),   Basic Instint (Paul Verhoeven 1992), El Piano (Jane Campyon, 1993), o Henry & June (Philip Kaufman, 1990). Por último, es considerado también cine “erótico” aquel que históricamente fue convergiendo hacia lo que es hoy es el hardcore: el cine nudista escandinavo de los años sesenta, el sexy music hall italiano de finales de los cincuenta y comienzos de los sesenta y, un poco más hacia los años setenta,  el cine “pedagógico” de “doctores alemanes”.
La otra vertiente del cine dedicado al sexo,   es la del cine pornográfico, si entendemos por tal un cine dedicado a mostrar la sexualidad con la misma fruición de nuestros amigos de las cavernas. Su historia, por semioculta, no deja de ser menos profusa: se remonta a una actividad,  clandestina y paralela a la del cine institucional, que no cesó de llevarse a cabo en Estados Unidos y en Europa (sobre todo en Francia) y que a nosotros, en Latinoamérica, nos involucró desde muy temprano: algunos historiadores hablan de Buenos Aires, la Habana y Tijuana, como centros de producción de una pornografía digamos “instrumental” (se utilizaba en los burdeles), filmada durante la primera década del siglo veinte.  La gran irrupción del porno y su presencia masiva, notoria y legal –eso ya es historia- es asunto de los años setenta: con ella vinieron los mitos y las polémicas, los estudios y las racionalizaciones. Los nombres que protagonizaron esa irrupción, todavía “frescos” en el negocio, han venido suscitando reflexiones, reconsideraciones y desmitificaciones: Radley Metzger (autor de culto para admiradores y ratones de cinemateca), Gérard Damiano, Lasse Braun, los hermanos Mitchell, entre los directores; Veronica Hart, John Holmes, Annie Sprinkle, Ron Jeremy, entre los actores; Al Goldstein, entre los críticos, Larry Flint, entre los editores, son sólo algunos de los protagonistas de una historia que ha comenzado a contarse, a pensarse e, incluso, a filmarse, dando lugar a un cine “para-pornográfico” (Boggie Nights  de Paul Thomas Anderson de 1977,  o Wadd, the life & times of John C. Holmes, de Alan Smithee del año 2000).

El camino es largo, ahora la pornografía se hace en vídeo y una nueva generación de videoastas, actores, actrices, productores,  y comerciantes se instala en nuestro comienzo de siglo, con el estilo de nuestra época. Y más allá, Internet se abre al negocio más monstruoso (en varios sentidos) que hayan soñado jamás quienes inventaron hacer dinero en la Red. Lo cierto es que, pase lo que pase, no parece que,  el homo sapiens se decida a abandonar el empeño de poner en escena su sexualidad. Para disfrutarla, para sufrir por ella, para interrogarla, quién sabe para qué. Me pregunto si el hombre de las cavernas se lo preguntaba.




Publicado en Programación,  N° 126, 18-19, Cinemateca Nacional de Venezuela.