jueves, 15 de enero de 2015

Tiempos de melodrama


Hay pueblos, como el mío, que viven en el melodrama. Y no únicamente por su afición al  gesto romántico o en virtud  del sentimentalismo que Carlos Monsivais adjudicaba a los latinoamericanos, sino porque la estructura profunda del discurso melodramático nos sobredetermina.

Por sobre su apelación al sentimiento, lo esencial del melodrama es su presuposición de un mundo fijo e idealizado. De acuerdo con el imaginario melodramático —que en buena parte nos rige— el papel de la Historia es el restituir el orden (siempre retrógrado) que el villano ha desorganizado y reconstruir ese mundo perfecto.

En el universo propio del melodrama hay una justicia que se reparte en dos polos: el amor y la maldad, (o la traición y la fidelidad a la Historia). El drama realista consiente la inestabilidad: admite las fallas, el universo puede transformarse. El melodrama se recorta sobre un mundo ya hecho, habitado por personajes planos. Entrar en el mundo del melodrama —tanto en los melodramas de la ficción, como en los melodramas sociales— es entrar en el mundo de la predestinación colectiva (nos ocurre siempre lo mismo) y de la fatalidad personal (somos “actores” fijos de ese mundo predeterminado). En el melodrama, somos figuras que se mueven en la cárcel de una fábula mil veces contada. Tal como sucede en las radionovelas y los boleros, nos dan el libreto y nosotros lo representamos.

Otro aspecto de lo melodramático en que participamos es que el melodrama es el discurso de la adjetivación y no un discurso dramático propiamente dicho (lo dramático es lo que transforma y pone en riesgo; el melodrama clasifica y llora). En el melodrama las cosas son por lo que se les etiqueta, nunca por cómo funcionan. El melodrama es el discurso de la comodidad nominativa (el escritor melodramático, de telenovelas o de discursos políticos, suele contentarse con repartir calificativos: “amor puro”, “amor grandioso”, “amor patrio”). Si en el drama el triunfo del héroe se debe al sudor y las lágrimas, en el melodrama, basta con el llanto y la arenga. El melodrama es un discurso de la pasividad, el discurso de los que se creen  víctimas  o ungidos y que esperan (cómodamente) a que el destino  (o el líder político) les cambie su historia

(A)mor, desgracia causada por el traidor, triunfo de la virtud, castigo y recompensa
 es la estructura narrativa inmutable del melodrama, de acuerdo con Pavis en su Diccionario del Teatro y nosotros, en tanto personajes melodramáticos, siempre estamos a la espera del príncipe idealizado que castigue al villano y nos dé lo que merecemos. El melodrama se rige por la responsabilidad del otro, por el deus ex machina que lo resuelve todo, así en la tierra como en el cielo. El melodrama es el discurso del padre idealizado que al final de la de la jornada política, de la telenovela o del micro propagandístico nos devuelve al paraíso, amoroso o petrolero, sin más esfuerzo que el de participar en la Historia (con y sin mayúsculas).


A lo mejor somos melodramáticos porque carecemos de la atención paterna  y lloramos y sufrimos en una eterna telenovela hasta que el padre omnipotente se presenta, en cualquiera de sus formas  y nos resuelve la vida.  Nos solemos sentir cómodos en el melodrama: es una casa conocida con espejos que reflejan nuestras cuitas,  y una sola ventana por donde se asoma el villano. La vida melodramática nos confiere la seguridad narcisista de qué, como en las comiquitas, sabemos siempre dónde nos queda la puerta de salida. La vida, con sus accidentes y sus claroscuros,  que nos pone a  nosotros mismos a edificar nuestra historia (con y sin mayúsculas) es siempre más difícil y más riesgosa. Por eso nos instalamos a vivirla melodramáticamente, por eso la política que vivimos es otra versión de la telenovela rosa. 

martes, 13 de enero de 2015

La Teoría del Padre Bueno

Mi teoría de lo que pasa en Venezuela se llama “La Teoría del Padre Bueno”. Procede así:

En el principio, era la familia sindiásmica a la venezolana: Hijos (generalmente muchos), Madre y Padre Abandonador. El Padre Abandonador —que en lo sucesivo será llamado el Padre Malo— es un tipo cariñoso, seductor, irresponsable, infantil, encantador y mentiroso. El Padre Malo es un poblador: tiene hijos por todas partes y en cada nido en el que siembra su simiente, se gana el odio feroz de la madre (en lo sucesivo, la Madre Abandonada)   y el consecuente rechazo de los Hijos.

En virtud de su dinámica de embarcador consuetudinario —o de fantasma presencia ausente, en el caso de que  el Padre Malo se invista como Padre Débil—  el Padre Malo logra la trasmutación del triángulo edípico en diáda opositora: la Madre se alía con sus hijos en contra del Padre Malo. Y el Padre Malo se transforma en un arquetipo: el Culpable de Todo. En particular, el Padre Malo es culpable de la precaria situación económica financiera de la familia. Y del resto de las calamidades terrenas. 

En el envés de la ausencia culpable del Padre Malo nace la figura simbólica del Padre Bueno. El Padre Bueno es todo aquello que no es el Padre Malo. O casi todo. El Padre Bueno es responsable, considerado, solemne y, sobre todo, proveedor. El Padre Bueno es al Padre Malo, como la virtud al vicio, como la solución al problema. Y, ante todo, el Padre Bueno  es el vengador del Padre Malo. El Padre Bueno, no exige, no obliga, solo otorga bondades, denuesta del Padre Malo y salva. Como diría un psicoanalista lacaniano, el Padre Bueno es el falo.

El advenimiento del Padre Bueno y la expulsión del Padre Malo articula un triángulo vital apuntalado por sentimientos elementales: el adhesivo que une a la Madre Abandonada y al Hijo Abandonado (ambos son Hijos Abandonados, en realidad) es el resentimiento hacia el Padre Malo; el pegamento que ensambla al Padre Bueno y al Padre Malo proviene del odio de la competición; el mucílago que engoma al Hijo Abandonado con el Padre Bueno es la devoción hacia el salvador. 

El Padre Bueno es otro arquetipo universal. Al igual que el Padre Malo, su ámbito de existencia rebasa lo estrictamente familiar: donde el Padre Malo es la encarnación de lo malvado y lo erróneo, el Padre Bueno es la personificación de lo justo y el dador de lo merecido. Se instaura así el triángulo que regirá el imaginario de buena parte de los venezolanos. El Padre Malo de un lado, el Padre Bueno del otro. Y, en el medio,  el (los) pobre(s) Hijo(s) Abandonado(s). 

Ahora vienen dos aspectos de mi teoría: una diacrónico y otra sincrónico, como dirían los estructuralistas de mi generación. El diacrónico atiende a la manifestación en el en el tiempo de los dos arquetipos: el Padre Malo es la reificación del pasado, el Padre Bueno es la encarnación del presente. Y en término de valores: el Padre  Malo es la culpa perpetua e irredenta, el Padre Bueno es la redención absoluta e inmediata. El Padre Malo lo será por siempre y para siempre, el Padre Bueno castigará por los siglos de los siglos al Padre Malo. Lo que nos conduce a:

La dinámica sincrónica de la relación de los Hijos Abandonados con el Padre Malo y el Padre Bueno, puede ser visualizada mediante un sencillo esquema  denominado por los psicólogos transaccionales el triángulo dramático y que se juega entre tres posiciones: la Víctima, el Victimario  y el Salvador. La Víctima es encarnada por el Hijo Abandonado (Y por la Madre Abandonada, claro está). El Padre Malo es el Victimario, el Padre Bueno es el Salvador. Como es natural, el Hijo Abandonado se ocupa de victimizar al Padre Malo y de salvar al Padre Bueno; el Padre Malo persigue  al Padre Bueno; el Padre Bueno persigue al Padre Malo, etc. Ab infinito ad aeternum, como sucede en todos los juegos psicológicos.

Y ahora las aplicaciones:

La Teoría del Padre Bueno explica la perpetuación en el tiempo y en el espacio de una dinámica que nace en lo oscuro del inconsciente familiar y se funde con lo umbrío del inconsciente colectivo: tiene su vertiente psicológica, su vertiente histórica y su vertiente psico-social. Visto desde mi perspectiva torcidamente psicologista, lo que mi Teoría del Padre Bueno explica es que la Venezuela de hoy está hundida en un juego psicológico de grandes ligas. Y los juegos psicológicos —que son en realidad, juegos patológicos—existen para perpetuarse.

Corolario 1: La realidad no existe, existe la verdad emocional del Padre Bueno y el Padre Malo. Todo lo que haga el Padre Malo es malo y todo lo que haga el Padre Bueno es bueno. 

Corolario 2: El Padre Bueno, el Padre Malo y el Hijo Abandonado son roles intercambiables: a veces creemos que estamos del lado de la realidad y sólo estamos intercambiando un Padre Malo por un Padre Bueno. 

Corolario extra: La escenografía que vivimos es la puesta en escena de la lucha inacabable  entre el Padre Bueno, el Padre Malo y el Hijo Abandonado, de ella surgen sus gestas, sus símbolos y su iconografía. Venezuela existe en la caricatura de la lucha simbólica entre los personajes que pugnan en en este circuito infernal.

Mis conclusiones: Es difícil aniquilar a los fantasmas del inconsciente, los héroes y los dragones, los padres simbólicos familiares o históricos. La pócima para su exterminación se llama crecimiento. Saldremos de la pesadilla, dolorosamente,  cuando logremos escapar de la cárcel en la que nos encierran la Madre y el Hijo Abandonado, el Padre Bueno y el Padre Malo.


sábado, 10 de enero de 2015

Ida

Me enamoré del mar, no de ti
De las convulsiones inacabables de nuestro desasosiego
De lo que ocultaba tu mirar oblicuo
De tu posibilidad de araña, miel y hartazgo
De la orgía que nunca fue
Del hilo de tu voz, que jamás entregaste.
De tu rostro vencido, de tu eterno suicidio inconcluso
De tu risa portátil
De la almendra que surcaba tus ojos como posibilidad, de tus ratos abismales.
De tu risa, despiadada, asesina de inocentes,
De tus falsos milagros, del milagro de tu falsedad,
De la nada que ocultábamos juntos, lejos de mí mismo.
Tan sin tiempo.
Tan sin hojas demudadas hacia un verdadero atardecer, hacia un río verdadero
De la mentira que buscábamos juntos en tablones hechos de desierto.
De las rosas caídas en cada cena inexistente
De los viajes hacia una soledad poblada de cuerpos desquiciados por la piel y los relámpagos
Hacia ti que no existias y no estabas y reias tanto de ti misma, de mí, de todos
De la vida que te quitaste como una camisa sudada
Sorbo a sorbo
Sin lágrimas, que eran todas las lágrimas desbordadas,
Las que libabas en una soledad que nunca conocí
Las que no enjugué frente a tu cadáver inexplicable
Hasta el infinito al que te fuiste
Del que nunca retornarás.


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