viernes, 11 de diciembre de 2015

La pelea y el debate.











La distancia entre la pelea y el debate es la misma que existe entre la pulsión y la razón, entre la barbarie y la cultura. 

La pelea se asume con armas y corazas; al debate se ingresa desnudo. 

A la pelea se va armado de insultos, guarnecido de prejuicios, cargado de malos sentimientos. Al debate se llevan brújulas y bitácoras.

El debate es un viaje; la pelea es una pesadilla compartida.

La pelea es siempre agresiva y defensiva; el debate es un ejercicio libre y al viento de las ideas. 

La pelea es para los esclavos de la rabia; el debate es para los osados de la compasión.

Quien debate, arriesga y se pone a prueba; quien pelea no tiene nada propio que arriesgar.

La pelea, vacía; el debate, llena.

La pelea es un refugio, el debate es un mirador.

La pelea siempre le conviene a otro; el debate puede ser una ofrenda desinteresada.

El debate es sudor; la pelea siempre es sangre.

El debate busca una verdad a la vez que la pone en duda; la pelea se ocupa de resguardar verdades prefabricadas.

La pelea es siempre más fácil; el debate es para quien no le teme a la confrontación consigo mismo.

Para la pelea, vísceras; para el debate, cabeza y corazón.

El debate es la manifestación civilizada del coraje; la pelea es la expresión más violenta de la cobardía.  

La pelea sólo sabe disputar el poder; el debate se ocupa de empoderar el saber y de liberar el querer.

La pelea es para los enjaulados; el debate, para los liberados.

El debate es la forma más sana del crecimiento: se debate con otros, con uno mismo, con la vida; la pelea es la variante más cáustica del resentimiento, se pelea con uno mismo, con los otros, con la vida.

El debate tiene horizontes; la pelea, tumbas.

El debate es siempre un comienzo; después de la pelea apenas cabe un epílogo.