lunes, 19 de diciembre de 2016

Vivir en la patología

En un artículo ya casi anciano (Fairy tales and script drama analysis”, 1968") el psicólogo Stephen Karman introdujo un modelo del comportamiento patológico interpersonal, altamente productivo. El artículo trataba de explicar cómo las relaciones interpersonales disfuncionales se producen a partir de auto valoraciones viciadas. Este modelo sencillo, aparentemente trivial, que ahora se conoce como el “triángulo de Karpman”, permitió entender que las patologías compartidas confinan a quienes las practican a que desmpeñen roles fijos e intercambiables: se juega a víctima (sintiéndose inferior o superior al otro), a salvador (sintiéndose, similarmente, inferior o superior al otro) o se juega a victimario (con idéntica disposición). El juego patológico confina a los jugadores al infierno del sufrimiento perpetuo y, en el fondo, es un juego (sadomasoquista) que convierte en melodrama cotidiano la lucha por el control. Los tiranos de cada hogar, los operadores de cada grupo, los manipuladores de cada sociedad son expertos en el mencionado juego. Y los grandes tiranos de la historia humana no sólo han sabido jugar el pasatiempo a la perfección, sino que han sido expertos en la fundación de las bases ideológicas que garantizan la participación en el juego de todo un colectivo. Algo así fue lo que escribí buscando entender el fenómeno encarnado en Hugo Chávez, diseñador primigenio del juego que estamos jugando, en un artículo que ya tiene 12 años. (“Hugo Chávez, la elocuencia del silencio”. Designis 5. Abril, 2004. Buenos Aires: Gedisa),

La misma teoría que sirvió de base al trabajo de Karpman, fundada por Eric Berne y desarrollada por tantos otros, propuso una sencilla solución al problema del sufrimiento implicado en el juego: el conflicto se soluciona con dejar de jugar: no soy víctima, ni tú victimario, no puedo salvarte ni nadie, sino tú mismo(a), te puede salvar. Todos somos responsables de lo que nos pasa, el final del juego es la adultez.

Hoy nuestro juego colectivo, el que jugamos todos los días luce agotado y, aun así, lo seguimos jugando: en familia, en la calle, en ese vía crucis compartido que es un día cualquiera en Venezuela, en el seno de los partidos políticos o en ese tinglado escrupulosamente dispuesto para el juego que son las sedes de los poderes públicos. Y sobre todo en las computadoras y en los teléfonos, en ese territorio especialmente diseñado para jugar virtualmente en el cual los roles de víctima, perseguidor y salvador hasta cuentan con íconos que vestimos como disfraces a la hora de desempeñar nuestros roles. Los íconos están allí. También las reglas del juego. ¿Lo seguimos jugando?...

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